Habitación rusa
Hay una matrioshka decorando mi casa.
Me gusta que me presida desde su altar.
A veces presiento un movimiento ajeno,
como si las mujeres que habitan en su interior
estuviesen a punto de saltar.
Es un movimiento revolucionario,
un maremoto que recorre la costa
de este a oeste,
incluso una cesura latente y voluntaria
que marca una necesidad.
La necesidad de crecer desde dentro,
una involución gráfica y carnal
que brota desde un fuero interno;
una raíz que se presiente pero que
no se deja palpar.
La cajita del escondite de madera
que protege y deja al descubierto.
Una contradicción pura que se revela
y arrastra, que empuja, que tira
de ti y te hace regresar.
Un oxímoron sin letras. Un barco sin
camarotes. Un espacio sin medidas. Pero
a fin de cuentas un verdadero hogar.
Me gusta que me presida desde su altar.
A veces presiento un movimiento ajeno,
como si las mujeres que habitan en su interior
estuviesen a punto de saltar.
Es un movimiento revolucionario,
un maremoto que recorre la costa
de este a oeste,
incluso una cesura latente y voluntaria
que marca una necesidad.
La necesidad de crecer desde dentro,
una involución gráfica y carnal
que brota desde un fuero interno;
una raíz que se presiente pero que
no se deja palpar.
La cajita del escondite de madera
que protege y deja al descubierto.
Una contradicción pura que se revela
y arrastra, que empuja, que tira
de ti y te hace regresar.
Un oxímoron sin letras. Un barco sin
camarotes. Un espacio sin medidas. Pero
a fin de cuentas un verdadero hogar.



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