Automático

Abres un cajón cualquiera. Intentas buscarle pareja a ese par de calcetines sueltos y desgastados que te compraste hace tiempo y que sólo te pones las noches en las que intentas deshacer el orden.
Jamás has sido de esos que jugaban en la calle los días de lluvia. Creciste creyendo que podría transformarse en ácido si te exponías lo suficiente como para empaparte.
A veces necesitas abrir tapas de yogures caducados sólo para comprobar si tienen moho o si te tocó algún premio. Nunca te gustó saber si habías resultado ganador antes de tiempo.
A altas horas de la madrugada necesitas tragar dosis radiofónicas para aliviar algunas partes de tu cuerpo. Enciendes el último bastión de los 80 que aún conservas en el salón. Lo residual siempre te llamó la atención.
Titulas todas y cada una de las flores. No quieres comprender que a veces hay jardines que ya se explican por sí mismos. Los subtítulos y las versiones originales sólo las entiendes tú.
Te gustaría vivir en una prefectura en Japón. Sin embargo adornas tu habitación con una colección de cactus porque siempre te ha gustado sentirte en medio del desierto. Los almendros en flor sólo quedan bien en las postales y en los fondos de pantalla. A ti siempre te atrajo lo fuerte y lo salvaje.
Ahora o nunca. Dos palabras que te martillean el hemisferio derecho del cerebro y que deberías tatuarte cerca de alguna parte visible y de fácil acceso. Cerca de una arteria limpia y rápida. Ahí está tu hueco.

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